Y había ese bar, salón, centro de perdición, o como usté quiera llamarlo, que estaba al cruzar Columbus desde el Vesubio. Era una cerrada y en el lado izquierdo la puerta se abria a la semiobscuridad. Ahi se reunían los amigos de los amigos de los que se sentian situacionistas en el 79 o el 81. No estaba lejos de ese otro centro que era el Mabuhay Gardens, donde la esposa del Mavrides danzaba desnuda, a no ser por ese papel o plástico transprente que se enrollaba en el cuerpo. La veias torcer su cadera, caer en el piso y contorsionarse, el plástico pegado a la piel, los muslos abriéndose al ritmo de los Ramones, los Durán Durán y otros tantos grupos punketos de ese entonces.
Pero en ese bar al otro lado de la calle del Vesubio, a media cuadra de El Condor, donde Carol Doda hacía sus encueramientos sagrados, la concurrencia en multitudes perdidas en los vapores de hash y mota sinsemilla por favor y ese alcohol infaliblemente presentes, firmes, de frente, marchen, hablaban de la revolución esquina con deseo. Te cruzabas con esa rubia que te veia sin saber qué preguntar con esa sonrisa a medias y tú le pasabas la mano por ese vientre palpitante contra tu caricia, la tomabas de las caderas, la besabas. Te seguia a algún rincón del bar, le alzabas la minifalda de Reynalda, le metias la mano entre las piernas. Te dejaba hacer, pero te mordia el cuello, y esa marca tendrias que explicarla al día siguiente, pero ahora no importa, porque te estás abriendo la bragueta y la estás poniendo contra la pared y ella te ayuda enlazando los muslos alrededor de tu cintura. Gente pasa y los mira y sonrie, no te importa, la besas y ella te besa interminablemente. Allá ves pasar a Gerard, a Bernard, escondes la cara entre el cabello corto y el cuello de la bella, la posees o te posee. Te mira profundamente sin preguntar tu nombre y te deja una marca en el pecho con las uñas de dos dedos, y te dice ahora eres mío. Sonríes pendejamente, qué te queda. Se va.
Cruzas la calle y ves a Gregory Corso a la entrada del Vesubio, lo invitas a un trago, le compras un scotch, pides lo mismo, no encuentras la cartera, no importa, le pasas el antebrazo por el cuello, me gustan tus poemas de la gasolina o el diesel o lo que sea, le dices, mintiendo porque no te acuerdas de ninguno de sus versos, pero ni quien se fije, porque él sabe que estás hablando por hablar. Bajas al baño y lees otra vez eso de to be is to do or to do is to be, sonríes. Subes.
Cruzas la calle y vuelves al otro bar buscando a tus amigos.Allá lejos ves a Adam y a aquel buey al que le diste el empujón por defender el honor de su exmujer que gemía y lloraba el abandono. Buscas a tu compañera, la ves a lo lejos hablar agitadamente con alguien, te das la vuelta, quieres encontrar a la mujer que poseiste contra la pared, la ves, te ve, te hace una señal. Salen al callejón. Te planta un beso y te toma de los genitales con ternura y violencia. Se sube la falda y se pega a ti. Alguien los mira, no te importa. Ya sé quién eres, te dice, pero tú no escuchas porque estás ocupado en pasar tus manos por sus pechos y en meter tus dedos entre sus piernas .Estás enamorado como un idiota. You already fucked me, te dice, soy tuya y tú eres mío y san se acabó, this is the end of the world. Sabes que no puedes responder a esa definición categórica. La cobardía o el buen sentido te hacen abstenerte de pedirle el teléfono y aún de preguntar su nombre. Así sucedió en esa fiesta en casa del amigo de Leonel en ese departamento enfrente de la plaza en Hermosillo. Te echaste el capirucho con la novia de aquel amigo que mejor ni mencionamos su nombre. Ya soy tuya te dijo y tú te hiciste el desentendido porque tenías a tu Maga esperándote y tú no quisiste complicaciones. La cobardía es una excusa exclusiva y para qué hacer nudos de eso que llamamos vida. Pero esta vez la chica te ve, te besa y te muerde los labios hasta hacerlos sangrar. Sabes que es la despedida. Pasa cerca el amigo Licón sonriendo, como sabiendo lo que está pasando, aunque nunca mencionara nada de lo que vió o no vió. Detrás vienen dos compañeros de Red Eye forjando un toque.
Era tan bella que daban ganas de llorar. Pero por una vez que lloré ya me decian el llorón.
Cruzas la calle otra vez. Pides una cuba libre en el Vesubio, Gregory Corso está en una mesa hablando con unos amigos. Te llevas la cuba libre hacia la puerta. Not drinking outside, te dice el bartender. Ni hablar, te vacías el vaso y sales al callejón que después se llamó Jack Kerouac y te meas contra la pared y ese mal mural. Cruzas la calle, te esperan los amigos para volver a Berkeley. Alegría y tristeza. Mañana será otro día.
Días de añoranzas inexplicables. Te pasa la vida enfrente, la posibilidad, el azar. Lo que hubiera sucedido y sucedió no tuvo secuencia en la consecuencia. Hoy me acordé porque en cena con Gerard y Polly recordábamos los días en San Francisco y ese bar cuyo nombre tal vez tú recuerdas.
Bernal el espectador de su vida
***
Recuerdo, sí, y muy bien El vesubio y sus excelentes Irish coffes –para esas frías noches de esos crudos inviernos sanfranciscanos-; recuerdo también El condor y las enormes tetas de neon de la Carol Doda; recuerdo, sí, y muy bien a la mujdr del Mavrides, retorciéndose en el stage ilumindado de rojo y envuelto en densos humos y sumos calenturientos; recuerdo el callejón apestoso a meados, guacaras y semenes podridos; recueroo el otro callejón y ese insolente mural y la ventana de City lights bookshop; recuerdo, sí, y muy bien que muy cerca de ahí, por la Vallejo St. estaba el Trieste café, ahí donde pululaban aspirantes a modelos, actors, actrices, pintores, músicos y demás clase de faranduleros faranuleados y pasoneados y recuerdo al obeso dueño del café cantando a todo pulmón fragmentos del Fígaros-Donnas immóviles y demás Traviatas; recuerdo también el Keystone corner cerca de esos rumbos Northbeachianos, ahí adonde iba Obed “el perro” Gómez con su saxo y sus sueños de seguirle los pasos a los maullidos del “gato” Barbieri, ahí donde por five bucks uno se aventaba su par de scotches o brandis escuchando a la tremenda gorda-ruiseñora Sara Vaughan o al músico-poeta-activisa africano Archie Sheep, pure jazz, mate, pure focking jazzzzzz!; también recuerdo –un poquito más a la izquierda y más arriba allá por La mission- El casino tropical, allá íbamos la Paquita y yoyotzin junto con el Victorio y la Catalana a salsonear y danzonsear y tomar cubaslibres ron guacardí adulterado, todo por un puto dolarcincuenta, joder!; también recuerdo –éstos ya en Berkeley- el Larry Blakes, ahí donde cubrimos una pared entera con botellas vacías de brandy Fundador, guacalas, coño, que horror! y también el White horse, ahí donde el painter Quiñones se desplayaba en sus afanes guys pero como Pedro por su house…
Pero de ese bar que usted mi caro Oscarino, de ese bar y de esa rubia de categoría que usted de follaba y re-follaba en las pertinentes oscuridades protectoras, de esa rubia (no sería la Mary ann –no la Faithful, of course- ) no me ricordo, de ese bar no me ricordo, tal vez , como usted señala dudosamente, no haya sido el año del ’79 sino el del ’81, y en ese entonces este su muy seguro servidor, ya andaba por Oaxaca, San Cristobal de las Casas, por Palenque, Agua azul, Jalapa, Veracruz, ay mi Veracrú, yo andaba pataeperro por Erongarícuaro, Pátzcuaro, Morelia, el D.F. Tepoz, Zihua y puntos intemedios, tal vez por eso no me acuerdo…un abrazo.
elmarioelmemorioso
martes, 15 de septiembre de 2009
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